sábado, 17 de septiembre de 2016

Un gran reto de todo Orador

En días pasados reunidos como Club de Oradores, en Guanare (Venezuela) para realizar prácticas, nos dimos cuenta que cada uno cumplía con sus intervenciones, pero no cumplíamos con lo debido. Descubrimos que éramos eficientes pero no eficaces.

Uno de los casos más significativos fue en una de las intervenciones, los presentes comenzamos a reír y disfrutamos la presentación que se hizo, la sorpresa llega cuando nuestro compañero manifestó que no tuvo como objetivo hacer reír, sino reflexionar, cosa que logró pero debiendo para ello invertir más tiempo del debido.

Ese momento nos descubrió ante un gran reto: ¿cómo equilibrar el ser eficaces y eficientes al hablar en público?

Algunos definen la eficacia como  la capacidad de alcanzar el efecto que espera o se desea tras la realización de una acción.

En la práctica sería como aquel Orador cuyo objetivo es hacer reír al público con una imitación de un personaje de alguna película famosa y lo logra a su primer intento. Ello le garantiza empatizar con el público y ahorro de energía mental, pero lamentablemente y como lo afirma Jeroen Sangers “la mayoría de la gente habla sobre la mejor manera de hacer cosas sin pensar si realmente están haciendo las cosas que debe hacer”.

Pudimos entender que veníamos siendo eficientes, hacíamos las cosas bien, pero la inversión de energía mental, extensión de discurso, aplicación de diversidad de técnicas y dominio de escenario era algo que nos toca aprender a economizar.

Es cierto que todo orador debe poseer gran capacidad de adaptación, creación e improvisación, porque los auditorios siempre van a ser variados y el mérito se medirá por el grado de satisfacción de los asistentes, pero tampoco es menos cierto que en la medida que podamos lograr de forma más inmediata y con la menor inversión de tiempo y energía los objetivos planteados podremos ofrecer mayor calidad a nuestro público, elevando así nuestro nivel como Artistas de la palabra hablada.